martes, 24 de agosto de 2010

Selección de poemas de Rigoberto Paredes


Memoria del solo

¿En qué ajeno paraíso abandonaron

mi humeante corazón, quemado vivo,

las mujeres que amé?

¿Bajo qué cielo raso se desnudan

y muestran victoriosas el reino que perdí?

Yo, en cambio, nada guardo: ni dicha ni rencor.

Una a una me dieron la gloria merecida

y derrotado fui con sus mejores armas.

El amor es la única batalla

que se libra en igualdad de condiciones.

Yo no pude escudarme, devolver las palabras

con la misma osadía, y los más leves golpes

me alcanzaron de lleno a la altura del pecho.

Dado ahora a morir en cama extraña

(orgulloso de mí, en paz conmigo)

cierta gloria atesoro, ciertos nombres

como el viejo guerrero que alivia sus heridas.


Memento

Vencido,

te relames en los labios

un incierto dulzor,

los viejos sinsabores de otros cuerpos.

Nada tuyo queda, nada de cuanto diste

ha vuelto salvo ni recompensado.

El amor es así: gloriosa pérdida

de prendas y batallas,

o, a veces, solamente un injusto recuerdo,

cierto invicto deseo

que juraste guardar más allá de la muerte.


Alguna vez

Alguna vez

un cuerpo se tendió a nuestro lado

y se abrió, sin prudencia,

como una madrugada.

Le dimos cuanto quiso:

piel,

entrañas,

el lujo del amor,

las más hondas palabras.

Una mirada, un hálito, una brizna le dimos.

Alguna vez

un cuerpo se tendió a nuestro lado

y nos dejó

vacíos.


Estación perdida II

Cuanto amé

doy a cambio de la estación perdida.

Con paciente avaricia yo he guardado

dones, heridas, dichas, infortunios,

vanas prendas que el tiempo ha vuelto bellas.

Ahí están,

bajo palabras puestas

ante el límpido augur de la memoria.

El mundo en torno ha sido monótono, aparente,

sólo un confuso limbo de lejanas presencias,

una noria atascada, un áspero cansancio.

Pero amé,

colmando fui de amor pechos y labios

y nada más que cuanto amé queda.

Mas la vida vendrá

cuando en mí resplandezca la estación perdida.


Opus de amor

(en cuatro movimientos)

Convite

Una mujer no basta

para dar de vivir al solitario.

Un solo cuerpo no, una mujer no basta.

El solitario aguarda

en su lecho de rosas

a más de un corazón.

Una sola no basta

para dar de vivir al solitario.

Su cabeza se aqueja bajo sábanas

como animal rendido,

y los ojos del solitario no ven de lejos.

Acérquense las que quieran,

todas.


Post Mortem

No aplacaré con lágrimas

lo que arde en la punta de mi lengua.

De más está llorar

por quien vivió en la holganza,

dando palos a cambio de abrazos y de querencia.

Ahora, en esta hora de la verdad,

en que tus pompas

se estrenan en lo duro y pelado de la tierra,

todo cuanto luciste, ufano y altanero,

pesa más sobre ti

como una losa a imagen y medida de tus restos.

¿Qué otra suerte esperaba

quien en vida olvidó, a su debido tiempo,

que también el poder y sus deidades

pasto son de gusanos, hálito de la nada?

Un áspero hierbajo se abre paso por dentro,

te hiende la cabeza, el pecho, los muñones:

es el estrago tenaz de la venganza,

su lenta mordedura, la soga del rencor,

únicas prendas

que ostenta la oquedad de tu memoria.


La estación perdida. (2001)


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